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mi corrala

La mirada oblicua de Berna Wang me trae hoy voces y sonidos familiares. Los de mi corrala, los que se cuelan por la ventana de mi casa. No es Lavapiés el Pasadizo de Cervantes, ya me gustaría, pero, para mí, es igual de especial.

Lavapiés (1)

Abro la puerta y la corrala huele
a vainilla, cilantro
y cebolla.
Oigo una conversación que es un murmullo
en una lengua que desconozco.

Por cierto, feliz Día del Libro. Larga vida al libro.

acuarelas y sudor

Había ido andando desde mi Pasadizo hasta el Palacio de Festivales. Bonito acto de homenaje a cántabras emigrantes. Emotivo. Yo, que soy de lágrima fácil, había perdido la capacidad de dejarlas rodar. Me sentía tan agobiada, tan sudada, con tanto calor, que era incapaz de emocionarme. Lo único que quería es que todo saliera bien, que los periodistas tuvieran el mejor acomodo posible, y, por cierto, salir de ahí, fundirme como un reloj blando de Salvador, dejarme escurrir y salir a respirar aire.

Tenía que hacer llamadas. Y salí. Buena excusa. Y verdadera. Aire.

Sentada en el murete al lado del Palacio, mirando a Reina Victoria, vi una cara conocida —la reconocí a pesar de la mala vista, creo—. Las ventanas abiertas, luces encendidas, papeles que no eran tal. Sí, José Ramón Sánchez, su estudio. Durante pocos minutos me fije en el trajín de lo que parecían láminas. Obras de arte, seguro. Trataba de imaginarme la estancia. Genial, como él, seguro. Brillante, como él, seguro.

Pensé que me gustaría, en ese momento, librarme del bolso —que me pesaba tanto—, del portátil, cuadernos, de las botas de tacón. Pensé que me gustaría ponerme a pintar con los dedos y alguna acuarela.

No quería volver a entrar.

Conservo un extraordinario recuerdo de un concierto de Luz, y no quería estropearlo. Era tal la necesidad de aire, que me puse a pasear, y de tanto pasear, por fin, encontré un lugar, alto seguro y cotidiano, en el que pude deshacerme de lo inmediato.

Quería salir al aire otra vez. Ya de noche. “Apresúrate —pensé— que Horacio te espera, cierto y seguro”. Horacio Quiroga me espera, porque él siempre ha creído, y está en su condición, que “es de muy mal gusto no estar presente cuando yo llegue”.

cuatro en mi bolso

Hoy el día empezaba bien, pero siempre hay alguien que intenta fastidiártelo, y hoy lo han conseguido un par de personas de mi entorno laboral. No ha sido grave, sólo me ha afectado un momento. Hay pocas cosas que no arregle un paseo, un poco de sol, ver la Bahía y algún buen libro.

Últimamente, la lectura y comprar libros son dos de los mayores placeres a los que dedico mucho tiempo. Por si acaso, siempre llevo un libro en el bolso. Hoy llevo dos, porque ‘Confesiones de una máscara’, de Mishima, se me está acabando. El otro que llevo, era, hasta hoy, mi última adquisición. Se trata de ‘El ayudante de Picasso’, del cántabro Luís Cobo Calderón, editado con esmero por ‘Tantín’.

No suelo ejercer el derecho ese que tenemos los funcionarios —del que tanto se habla y sea abusa— de  salir a tomar café en el horario laboral (la gente fuma tanto en los bares de alrededor…). Si lo necesito, aprovecho ese tiempo para dar un paseo o hacer algún recado urgente. Hoy ha sido uno de esos días en que necesitaba hacer algo urgente: tomar el aire. Así que un poco de paseo y un poco de aire junto al mar.

Y claro, el paseo ha incluido una breve visita a ‘Gil’ de la Plaza Pombo, y, otra vez, he tenido que comprar un par de libros, que se suman a todos los que tengo muchísimas ganas de leer… ‘Historia abreviada de la literatura portátil’, de Enrique Vila-Matas, la que dicen es su obra más emblemática y casi ya  legendaria;  y ‘Vivir Adrede’, microrelatos de Mario Benedetti, un gran descubrimiento para conocer un poco mejor la obra del gran autor uruguayo.

Paseo, aire, sol, libros y un poco de conversación han arreglado notablemente el día. Espero que nadie vuelva a estropearlo. Estaré preparada, con cuatro libros en el bolsillo, por si acaso…

compras de quiosco

Coleccionables de venta en quioscos han existido desde que tengo uso de razón, si bien, últimamente, su proliferación y abundancia es tan llamativa que, cuando paso por alguno creo que va a hundirse o caerse hacia delante por el peso de tanto fascículo y/o objetos de toda índole. Desde novela histórica, cine italiano, biblioteca Ken Follet —me pregunto cuantos fascículos hacen falta para completar ‘Un Mundo Sin Fin’—, historias de mujeres, casitas de muñecas, abalorios, Isabel Allende, los ya típicos dedales…

Desde hace algún tiempo, no hay periódico que se precie que no tenga sus cartillas, con cupones para pegar o, en el peor de los casos, para canjear cada día por libros, cd’s, edredones nórdicos, maletas… y, ahora que ya ha pasado la moda de los gps, tocan mini-cadenas con más accesorios que una minipimer.

De cupones, cartillas y cosas de este tipo, he aprendido bastante últimamente. Cuando viva en mi piso —si alguna vez consigo que me traigan los muebles—, mis invitados podrán tomar café en tazas con viñetas de Forges; degustar manjares cocinados con utensilios diseñados por Javier Mariscal; en platos con dibujos de Chillida, y con cubiertos también de Mariscal. Todo esto es posible gracias a una paciencia infinita y a cientos de cupones recortados de la última página de ‘El País’, y canjeados, un día sí y otro no, por una cajita con dos cubiertos en el quiosco de Puertochico, lo cual no hubiera sido posible sin Carmen, la propietaria, que me guarda los que no puedo recoger puntualmente. Con los platos, pude experimentar otro método: corta cupón, pega en la cartilla y recoge la vajilla en el Carrefour…

Me he jurado a mí misma que, cuando consiga acabar los utensilios, nunca más volveré a meterme en semejante lío. Al final, la colección no resulta nada barata; la estiran demasiado, con cosas absurdas como tres espátulas; tres cuchillos de chef; una pala  para cortar tartas y otra para servirlas… Pero son tan bonitos y quedan tan bien en mis cajones…

A partir de ahora, sólo compraré en el kiosco cosas que vengan completas, cosas concretas que me interesen, porque, de vez en cuando se encuentran cosas decentes a buen precio. Sin ir más lejos, el último domingo que me tocó ir a comprar el periódico, encontré las obras completas de Pablo Neruda por 5,95 euros. Bien es cierto que no se trata de ediciones excesivamente cuidadas; ni de libros con papel Biblia; ni tienen comentarios a pie de página de la calidad de los de ‘Cátedra’, pero no están tan mal.

Otro domingo, siguiendo el consejo de un amigo, me dispuse a buscar otras joyas de kiosco, después de recorrer tres de la zona de Vargas y calle Burgos, conseguí mi  objetivo: la biografía de Hitchcock por Donald Spoto, con ‘Psicosis’, y la película ‘Deseando Amar (mood for love)’, de Wong Kar Wai, —por cierto, maravillosa—, que, claro, con el ya habitual dos por uno, incluía ‘Tears Go By’, también del director chino. Y claro, por si el domingo no tenía suficiente contenido, por 1,95 las obras completas de Cortázar —bueno, sólo ‘Rayuela’ y otro—.

Cada cosa, bastante asequible, barata. En conjunto, te dejas un dineral en el quiosco…

Hay periódicos que sólo hojeo,  a todos los que caen en mis manos, al menos, los echo un vistazo —deformación profesional—. No los leo, salvo que algo concreto me obligue. No sé si está bien confesar esto teniendo en cuenta mi profesión, pero para seguir la información rutinaria, está el resumen de prensa de cada día…

Los sábados de guardia en el Gabinete son una mezcla de placer y tortura. Placer porque, con cuatro horas  en silencio para poder dedicarme a la prensa, puedo recrearme en la lectura, fotocopiar alguna cosa interesante y profundizar en los suplementos. Tortura, porque me obliga a tener que pasar por todos los periódicos enteritos: regionales, nacionales, económicos… Me encanta el suplemento cultural de ‘ABC’; los imprescindibles ‘Babelia’ y ‘El Viajero’, de ‘El País’; no me gusta ‘Público’, me aturde tanto barullo de color y fotografías; me encantan ‘Cinco Días’ y ‘Expansión’ en sábado, relajan la información e incluyen reportajes muy interesantes —todos los sábados cae alguna fotocopia—. La prensa regional, más o menos como siempre.

‘El Mundo’ es uno de esos que nunca leo con detenimiento. Con toda seguridad, esto cambiará en breve, cuando salga la edición de Cantabria, a la prestaré la debida atención, especialmente, porque los profesionales que componen la redacción son, en principio, una garantía de calidad.

Hoy estoy de guardia y he tenido que leerlo. La información/interpretación, pues en su línea —línea editorial, claro—. Me ha llamado la atención un anuncio en la página 25. Junto a una foto de nuestra miss/madre, con la Isla de Mouro al fondo, veo un anuncio de la editorial Everest que dice: “Por San Valentín, el mejor regalo, un libro Top”. Bueno, hasta ahí… el nombre, de la colección poco afortunado, pero igual se salva. Y sigue: “cada uno de los libros de esta colección tiene su encanto propio, destila dinamismo y buenos consejos. Con unas ilustraciones que transmiten fantasía y transportan a un mundo de color, glamour y nuevas sensaciones”. Pienso que a lo mejor es sólo un anuncio de consejos para viajar o algo así, con un creativo publicitario poco original. Y, por fin, salgo de dudas. ‘Colección Guías Top’, que incluye títulos tales como: ‘Cómo ser una diosa del sexo’, ‘Cómo ser una mujer irresistible’, para seducir a todos con tu encanto; ‘Guía para mujeres desesperadas’, ‘Guía sobre el juego del ligoteo y el sexo’, ‘Sexo en la ciudad. Día y noche. 365 posturas, lugares y escenarios’, y ‘Estar estupenda. Guía para chicas ocupadas’.

“El mejor regalo por San Valentín”… no salgo de mi asombro, del horror que me han causado semejantes títulos… Para consejos, leo el editorial, que eso si que “transmite fantasía y transporta a un mundo de color y nuevas sensaciones…”

La Habana

Hoy me he encontrado de pronto con La Habana. Favorita, soñada, interminable. La llamada de Chusmanu —siempre de ida y vuelta—, la conversación con Humberto —cubano de Camagüey— y mi “nos vemos pronto, el año que viene, que tenemos muchas ganas de volver”, me han hecho soñar, una vez más, con un paseo por El Malecón habanero, un paseo salpicado por el Atlántico indomable, aderezado siempre por el mismo olor, a petróleo sin refinar. Es mi primer repentino recuerdo de nuestro primer viaje a La Habana. El olor y la humedad del ambiente.

Desde aquel viaje en un taxi ‘Lada’ azul desde el José Martí hasta El Vedado, hasta el llanto de costumbre al abandonar La Habana, no he dejado de enamorarme de esa hermosa dama que descansa entre dos mares. De toda Cuba: la elegancia de Trinidad; el escalofrío ante la carta del Ché en Santa Clara; la primera visión del Caribe en Ancón; inolvidable viaje desde Santiago en un Yak 42 —triste fama—; la Casa de la Trova santiaguera; un viaje con trastienda; el primer trago de ron para los santos; un Ford del 59 color rosa chicle con la inolvidable Yamilee al volante –gran café denso como el petróleo nos dio su madre–; los desayunos de la señora Mercedes en Trinidad; el calentón del coche en la sierra de Escambray; niños de grana y pañuelo azul con pinturas de colores; eternamente Yolanda; grillos de Matanzas; una piña colada en Bacunayagua; la mecánica; hasta siempre comandante en Cienfuegos; un Cohiba en Santiago… y vuelta a La Habana, porque siempre se acaba en La Habana.

Me rindo ante tanta belleza. Me estremezco de asombro y de contradicciones. Anhelo  la serenidad y la paz de un paseo por La Habana Vieja. Del Ambos Mundos a la Plaza Vieja; el bullicio de la calle Obispo; el cocinero del Nacional; un cubanito en la Plaza de la Catedral; la cena en el gringo viejo; la cámara oscura; una canción en cada calle; conversaciones frente al Gran Teatro; la casita amarilla de José Martí; recordar a Al Capone en el Sevilla; un baile en la Casa de la Música a deshora; la biblioteca de la Universidad; el amanecer desde el Nacional; la violinista del Floridita tan elegante; Polo Montañez en la Bodeguita, con un mojito; el señor Historiador—pleitesía eterna—; una lágrima al dejar de ver los últimos tímidos bombillos…

Podría seguir contando y sintiendo recuerdos. Siempre Presentes. Podría seguir contando tantas cosas…  y siempre estaría sintiendo ganas de repetir, una y otra vez, cualquier lugar, rincón, canción, sabor o sensación. Las mismas y siempre sería nuevas.

Hoy, al oír hablar a Humberto, se me formó un nudo en el estómago. Todavía lo tengo. Siempre que pienso y sueño La Habana es tan real, que siento su mar, su sol, su olor, su música, el color. Siento su vida. Siempre que pienso y sueño La Habana, quiero volver.

vivir en 2008

Estas fiestas me están dejando fría. La Nochebuena, la Vieja, el Nuevo y demás, han pasado sin pena ni gloria; han sido raros. Así que espero ilusionada y con ganas a los Reyes Magos, que por cierto, siempre han sido mi fecha favorita en el calendario navideño… me encanta hacer regalos, sobre todo, aunque también recibirlos.

Este 2008 me ilusiona, se presenta bien, aunque siempre se me han dado mejor los años impares… no sé por qué. En este enero espero vivir ya mi bonito piso. Modesto, céntrico, barato, pero muy mío, muy yo, y me encanta. El año terminado fue el de la aventura de buscar, encontrar y comprar piso. En breve comienzará la apasionante experiencia de vivirlo.

Bienvenido 2008.