Felicidades a una ciudad que, hace diez años, supo mirar de cara al futuro. Felicidades al Museo Guggenheim Bilbao. Felicidades a los vascos y a las vascas.
No puedo evitar que dos post consecutivos de mi blog estén dedicados a una de mis ciudades favoritas. Esto tiene que ver con la admiración profunda que profeso a Euskadi, a su gente sobre todo. Quizás sea porque la primera vez que fui al Guggenheim Bilbao, durante la muestra inaugural, un compañero de clase en mi primer año de facultad, un gran amigo, me regaló un lauburu.
Admiración por su saber vivir. Por su capacidad de vivir con una realidad a veces difícil. De vivir frente a la incomprensión y en muchos casos el desprecio de muchos españoles. Nueve de cada diez visitantes del Museo procede de fuera de País Vasco.
Creo que la transformación de Bilbao comenzó casi dos años antes de que el Guggenheim abriera sus puertas, con un acto menos glamoroso pero mucho más multitudinario. En el 95 se inauguró el Metro de Bilbao, cuya imagen de marca son las enormes bocas de acceso, los ‘Fosteritos’. Por su autor Norman Foster.
Cierto parecido estético y una gran similitud en cuanto a la trascendencia para la ciudad. El Metro fue el arranque de una transformación sin freno, y el Museo es el mejor elemento de marketing de la ciudad. El primero es más relevante para la vida diaria de los bilbaínos, pero el segundo les ha devuelto el orgullo de serlo y, sobre esa base, ahora disfrutan de una gran ciudad.
Con él revivió la presencia del arte en la ciudad. Puso las pilas al Museo de Bellas Artes y otras salas tradicionales, que hubieron de hacerse más flexibles, como los eróticos perfiles del genial contenedor museístico de Frank O’Gehry.
Abandoibarra acumulaba desperdicios, ruina industrial, contaminación. Hoy, el metro cuadrado construido en el espacio que va desde el Palacio Euskalduna al Museo se cotiza a más de 7.000 euros.
Seguramente, lo que más ha cambiado en estos diez años es la Ría. El Bilbao del siglo XXI se mueve en torno a ella gracias a un proceso de cambio que la ha dejado irreconocible.
Podría hablar, y lo haré más adelante, de que esa renovación de la Ría ha llegado hacia el mar, a Barakaldo, por ejemplo.
Los efectos se han visto en el crecimiento económico, en el empleo, la cultura, el turismo, las infraestructuras… y, algo que para mí es muy importante, en la atracción de arquitectos de prestigio mundial, no sólo a Bilbao, sino también al resto del País Vasco, originando una concentración de talentos que envidio profundamente. Podría hablar de Arata Isozaki, Cesar Pelli, Rafael Moneo, Alvaro Siza, Norman Foster, Calatrava, Robert Stern…
“Los grandes proyectos urbanos tienen con frecuencia un gran efecto en la imagen y la diferenciación de una ciudad. No se puede separar París de su Torre Eiffel ni Londres del Big Ben. No son sólo símbolos de estas ciudades, sino también grandes fuentes de atracción y prestigio. Nuestra misión como arquitectos es ayudar a construir ciudades que puedan ser un ejemplo de diversidad, de coexistencia entre el uso residencial, el comercial y el de negocios”… Arata Isozaki.
La transformación de Bilbao no es sólo “culpa” del Guggenheim, quizás ni tan siquiera sea su factor de desarrollo más importante, pero es indudable su valor como icono político, social, cultural y económico, que ha provocado, no sólo un cambio de estética notable, sino, sobre todo, un cambio de mentalidad.
En estos diez años, Bilbao ha brillado tanto como las láminas de titanio que caprichosamente colocó Gehry. Lo seguirá haciendo, sin duda. Podría escribir líneas y líneas sobre una ciudad que adoro, sobre una tierra que admiro, pero hoy, sobre todo, toca decir felicidades.