Había ido andando desde mi Pasadizo hasta el Palacio de Festivales. Bonito acto de homenaje a cántabras emigrantes. Emotivo. Yo, que soy de lágrima fácil, había perdido la capacidad de dejarlas rodar. Me sentía tan agobiada, tan sudada, con tanto calor, que era incapaz de emocionarme. Lo único que quería es que todo saliera bien, que los periodistas tuvieran el mejor acomodo posible, y, por cierto, salir de ahí, fundirme como un reloj blando de Salvador, dejarme escurrir y salir a respirar aire.
Tenía que hacer llamadas. Y salí. Buena excusa. Y verdadera. Aire.
Sentada en el murete al lado del Palacio, mirando a Reina Victoria, vi una cara conocida —la reconocí a pesar de la mala vista, creo—. Las ventanas abiertas, luces encendidas, papeles que no eran tal. Sí, José Ramón Sánchez, su estudio. Durante pocos minutos me fije en el trajín de lo que parecían láminas. Obras de arte, seguro. Trataba de imaginarme la estancia. Genial, como él, seguro. Brillante, como él, seguro.
Pensé que me gustaría, en ese momento, librarme del bolso —que me pesaba tanto—, del portátil, cuadernos, de las botas de tacón. Pensé que me gustaría ponerme a pintar con los dedos y alguna acuarela.
No quería volver a entrar.
Conservo un extraordinario recuerdo de un concierto de Luz, y no quería estropearlo. Era tal la necesidad de aire, que me puse a pasear, y de tanto pasear, por fin, encontré un lugar, alto seguro y cotidiano, en el que pude deshacerme de lo inmediato.
Quería salir al aire otra vez. Ya de noche. “Apresúrate —pensé— que Horacio te espera, cierto y seguro”. Horacio Quiroga me espera, porque él siempre ha creído, y está en su condición, que “es de muy mal gusto no estar presente cuando yo llegue”.
Hola guapa!!!
Qué ilusión leerte!!! Más aún cuando lo hago desde Madrid. Tus letras me permiten imaginar el escenario que describes y ese mar que tanto me gusta y que echo de menos. Un abrazo enorme