Hoy me he encontrado de pronto con La Habana. Favorita, soñada, interminable. La llamada de Chusmanu —siempre de ida y vuelta—, la conversación con Humberto —cubano de Camagüey— y mi “nos vemos pronto, el año que viene, que tenemos muchas ganas de volver”, me han hecho soñar, una vez más, con un paseo por El Malecón habanero, un paseo salpicado por el Atlántico indomable, aderezado siempre por el mismo olor, a petróleo sin refinar. Es mi primer repentino recuerdo de nuestro primer viaje a La Habana. El olor y la humedad del ambiente.
Desde aquel viaje en un taxi ‘Lada’ azul desde el José Martí hasta El Vedado, hasta el llanto de costumbre al abandonar La Habana, no he dejado de enamorarme de esa hermosa dama que descansa entre dos mares. De toda Cuba: la elegancia de Trinidad; el escalofrío ante la carta del Ché en Santa Clara; la primera visión del Caribe en Ancón; inolvidable viaje desde Santiago en un Yak 42 —triste fama—; la Casa de la Trova santiaguera; un viaje con trastienda; el primer trago de ron para los santos; un Ford del 59 color rosa chicle con la inolvidable Yamilee al volante –gran café denso como el petróleo nos dio su madre–; los desayunos de la señora Mercedes en Trinidad; el calentón del coche en la sierra de Escambray; niños de grana y pañuelo azul con pinturas de colores; eternamente Yolanda; grillos de Matanzas; una piña colada en Bacunayagua; la mecánica; hasta siempre comandante en Cienfuegos; un Cohiba en Santiago… y vuelta a La Habana, porque siempre se acaba en La Habana.
Me rindo ante tanta belleza. Me estremezco de asombro y de contradicciones. Anhelo la serenidad y la paz de un paseo por La Habana Vieja. Del Ambos Mundos a la Plaza Vieja; el bullicio de la calle Obispo; el cocinero del Nacional; un cubanito en la Plaza de la Catedral; la cena en el gringo viejo; la cámara oscura; una canción en cada calle; conversaciones frente al Gran Teatro; la casita amarilla de José Martí; recordar a Al Capone en el Sevilla; un baile en la Casa de la Música a deshora; la biblioteca de la Universidad; el amanecer desde el Nacional; la violinista del Floridita tan elegante; Polo Montañez en la Bodeguita, con un mojito; el señor Historiador—pleitesía eterna—; una lágrima al dejar de ver los últimos tímidos bombillos…
Podría seguir contando y sintiendo recuerdos. Siempre Presentes. Podría seguir contando tantas cosas… y siempre estaría sintiendo ganas de repetir, una y otra vez, cualquier lugar, rincón, canción, sabor o sensación. Las mismas y siempre sería nuevas.
Hoy, al oír hablar a Humberto, se me formó un nudo en el estómago. Todavía lo tengo. Siempre que pienso y sueño La Habana es tan real, que siento su mar, su sol, su olor, su música, el color. Siento su vida. Siempre que pienso y sueño La Habana, quiero volver.
[...] lo contrario—; tampoco he cruzado demasiadas veces el charco, y cuando lo he hecho, el imán de La Habana no me ha dejado tomar otras decisiones. Pero, tengo decidido que este año voy a pisar suelo [...]